La radio vieja y la revelación de un estilo de vida Slow.

Por Fran.-

Siempre digo que fue una herencia de mi hermano mayor. Pero en realidad fue más bien una expropiación. Cuando él no estaba en casa, sacaba desde su habitación su radio Sony modelo CFD 9 que incluye casetera y lector de CD. Un buen aparato de música que sigue funcionando desde la navidad del 98, según él lo recuerda. Pero con los años la radio pulenta que era, pasó a ser un oldfashioned vestigio de la adolescencia que, llegado el momento, no dudó ser reemplazado por un minicomponente con pantalla touch y conexión USB. Para mí mientras tanto, sólo podía significar una cosa: la completa tutela de la radio vieja.

Aunque ya no funcione el lector de cd, y entre tanto cambio de casa durante los años de universidad haya perdido la antena, sigue siendo mi fiel compañía durante las mañanas mientras me levanto, y en las noches antes de acostarme. Y aunque nunca le he asignado un espacio estable en la habitación, deambulando entre el escritorio y la cama, es parte de la ambientación y por nada pretendo deshacerme de ella.

Pero lo curioso de esta historia, no es el significado que tiene por todos los años que me ha servido para escuchar música y noticias de las emisoras locales donde me encuentro, sino el impacto que produce en las personas cuando la conocen. “¡¿Por qué tienes esa radio tan vieja?!”; “qué vieja tu radio, ya es hora que la cambies”; “cambia la radio, cómo tan apretada”.

Me parece que estas reacciones me están sugiriendo que corrija mi pasiva actitud ante el paso del tiempo sobre lo material. Pero como no se trata de un automóvil sin convertidor catalítico, que intoxica el aire que respiramos, no veo nada de malo en seguir usándola si cumple con las funciones que quiero: música e información. Para momentos en que busco algo más específico, están el laptop y el celular, los que conectados a unos buenos parlantes no tienen nada que envidiarle a un minicomponente.

Todo lo anterior me hace reflexionar sobre el origen de las necesidades inventadas de nuestra sociedad, esas que te hacen consumir por consumir, sin cuestionarse mucho las cosas. Pero ya es cuento viejo el consumismo que se vive hoy en día. Por eso prefiero hablar de la revelación que he tenido después de esos discursos de modernismo, vanguardia y tecnología de punta. Simplemente no me convencen, porque sé que detrás de ellos hay una enorme industria de bienes materiales, a la que no le importa mis necesidades reales, mucho menos mi capacidad de pago, y menos aún el destino que esos bienes tienen al final de sus días.

Ante todo eso me rebelo con un estilo de vida slow, el que vengo cultivando hace un tiempo sin darme cuenta. Al ser capaz de poseer menos pero mejor. Siendo consciente de la explotación de los recursos naturales y el daño al medio ambiente. Sabiendo sobre el uso de mano de obra barata en países subdesarrollados. Tomando un ritmo de vida que potencie la sustentabilidad. ¿Qué hubiera pasado de haber hecho caso a los comentarios de personas que me decían que mi radio estaba pasada de moda?, ¿dónde habría ido a parar ese aparato electrónico?, posiblemente a la bodega de cosas viejas y olvidadas, y luego de algún tiempo a la basura por falta de espacio tras deshacerme de más cosas viejas.

Vivir con un estilo lento o slow no es igual a neohippismo o ineficacia. Se trata de mejorar nuestras vidas, demandando a través del consumo a la industria y el mercado, una mayor preocupación por la explotación de los recursos naturales; que además validen nuestras raíces y eviten la homogeneización. Por ejemplo, como lo hicieron los porteños, al negarse a la instalación de un McDonald’s frente a la Plaza Victoria en Valparaíso. O como lo están haciendo actualmente los diseñadores nacionales independientes en la confección de sus ropas, rescatando técnicas y materiales ancestrales que muestran la identidad de las culturas locales. O las personas que cada vez optan más por caminar, andar en bici y tomar el transporte público, antes que subirse al auto en soledad. O quienes prefieren llevar comida de la casa al trabajo, antes que comerse un completo parados por ahí.

Por mi parte, seguiré conservando la radio vieja hasta que no se escuche más, seguiré arreglando mi ropa y zapatos con la costurera y el zapatero de siempre, y trataré de mantenerme informada de dónde vienen las comidas que como, la ropa que visto y la energía que consumo.

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La Radio Vieja.

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