Ser una bruxómana

Por Fran.-

Hace unos meses fui víctima de un robo. Mejor dicho de un hurto, como diría el señor carabinero que tomó constancia de los hechos. Todo sucedió por dejar mi mochila en la parte superior del asiento del bus en el que viajaba, tal como lo recomienda la publicidad del ministerio de transporte. Pero quien pensaría que entre los pasajeros también había un ladrón. Como sea, en esa mochila habían muchas cosas preciadas: computador, cámara, audífonos, documentos, libreta de apuntes. Pero de todo eso, lo que más sentí fue mi plano dental. Cuando reaccioné frente al significado de esa pérdida mis dientes automáticamente comenzaron a apretarse.

Soy bruxómana aproximadamente desde los 17 años. ¿Qué significa eso? Que pertenezco a un porcentaje de la población (entre un 5 y 20 %) que padece bruxismo, el acto de apretar los dientes hasta hacerlos rechinar, especialmente mientras se duerme pero que de día también puede suceder. Es un trastorno que no tiene cura, pero sí la posibilidad de tratarlo mediante el uso de un plano o placa de relajación. De esa forma evitas el desgaste de los dientes y de paso los males asociados a la fuerza que se produce al apretar: dolor de cuello, dolor de cabeza, cansancio en la mandíbula al despertar, sensibilidad en las encías, entre otros.

Sobre las causas que generan el bruxismo los especialistas han determinado que una de las principales razones es el estrés. Algo que mi experiencia personal puede corroborar, pues suelo bruxar más cuando tengo preocupaciones en mi cabeza, mientras que hay otros periodos en que la intensidad del apriete baja e incluso llega a desaparecer. De eso puedo señalar dos ocasiones.

La primera cuando fui de viaje por un Work&Travel a EE.UU. No sé si fue la cultura gringa de la que me impregné, pero en menos de un mes las preocupaciones habían quedado en el pasado -pruebas, exámenes, relaciones amorosas exhaustas, tesis- y sólo sabía de trabajar, beber suficientes birras y planear viajes con los nuevos amigos. Al tiempo me di cuenta que despertaba con la mandíbula totalmente relajada, incluso aquellas veces en que olvidaba dormir con mi amada plaquita. Pronto el maravilloso artefacto que mantenía mis dientes en su justo silencio por las noches, quedaba en el olvido dentro de la maleta.

La segunda ocasión en la que pensé que el bruxismo se había extinguido, fue cuando conocí a mi actual pareja. Enamorada hasta las patas, ya no importaba nada más que ese presente idílico de profundas miradas y mariposistas en el estómago que no paraban de revolotear. Tanto fue mi estado de enamoramiento que ni siquiera me ponía el reloj de mano que mecánicamente usaba todos los días y que me encantaba mirar cada cierto minuto. Ahora el paso del tiempo era un detalle que no modificaba la situación actual; el presente era infinito, mientras que las ocupaciones y responsabilidades se veían tremendamente lejanas en el futuro (algo que, por supuesto, no deben realizar en sus casas).

Sin embargo, los viajes llegan a su fin y el periodo de enamoramiento -según los científicos- sólo dura algunos meses. Luego esas emociones vuelven a su sitio regular y la realidad aparece, algunas veces arrasando como una bola de nieve.

Después de esos dos eventos –y con cierta lástima- volví a usar mi plaquita. No tardamos mucho en reconciliarnos, hasta que este año la perdí sin previo aviso. Me vi obligada a dormir sin ella, bastante desafortunado para mi mandíbula y cráneo que se llevaron todo el peso del apriete en las noches.

Logré tener una nueva al cabo de un mes. Está de más decir que fue un mes eterno, sin embargo lo logré y hoy tengo una nueva compañera de batallas que me acompaña a todos lados. Hasta pololi la ha hecho parte de su vida, pues siempre me recuerda si la he puesto en la mochila cuando vamos de viaje, e incluso antes de dormir tiene la voluntad de ayudarme a buscarla, pues alguna veces olvido dónde la he dejado. Claramente me acepta con todo lo que implica estar con una bruxómana: besitos de buenas noches un tanto extraños; conversaciones nocturnas algo incomprensibles de mi parte; y algunas veces, cuando el estrés ronda mi vida, los aprietes que, con o sin placa, pueden resultar ruidosos. Espero que pololi siga con su paciencia impecable.

En definitiva, ser una bruxómana es parte de mi vida y no me acomplejo demasiado. Ojalá algún día desapareciera para siempre o que los científicos encontraran una cura para tantas personas que hoy deben soportar vivir con este mal. Mientras tanto yo recomiendo la aceptación y tratar de usar la plaquita incluso cuando no estás durmiendo. Además de cuidarla con tu vida, porque lo quieras o no, es la que mantendrá tus dientes sanos y el resto de tu día en paz. Pero ya que sabemos que es el estrés el que activa el bruxismo, deberíamos tratar de ser más conscientes de nuestro día a día y ayudar a nuestro cuerpo a relajarse. Por ejemplo, pensando que sólo es un trabajo, que no es tan terrible, que compartir con los amigos y la familia nunca está de más, que siempre hay tiempo y que la vida es ahora.

Aunque sigo siendo una bruxómada, estoy lejos de pensar que vivo una vida miserable. En realidad te hace más consciente de ti mismo y de tu entorno, de lo que te afecta y lo que no.

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