La crianza irrespetuosa

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No es negarse a recibir consejos, es abstenerse a ser juzgados por criar de forma diferente.

Por Maca.-

Hace un año y cuatro meses (y diría +9) no pasa una semana en la que no me cuestione o ponga en duda si lo estaré haciendo bien. Soy mamá y muchas veces me siento juzgada. Por los demás y por mí misma. Es que la sociedad del éxito también exige ser la mejor en la crianza. Y aunque no existe la mujer perfecta (tampoco la madre perfecta), la imposición está y la ansiedad queda instalada como parte de este proceso como la más injusta condena a un proceso de por sí difícil. Y sacarse el prejuicio no es fácil.

[Antes de leer el post, los invito a ver un vídeo de la marca de leches Similac, en parodia a esta tendencia de la crianza irrespetuosa: “The sisterhood of motherhood”]

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Mi cuerpo nunca más fue el mismo, mis ojeras tampoco. Pero nunca sonreí ni amé tanto a alguien hasta ahora.

¿Lo vieron? No paro de reír, es TAN real. Y es que hoy existen tantas teorías de cómo criar a los hijos y todas coinciden en una cosa: la falta de respeto. Cada visión impone hacer tal o cual cosa y demoniza al que no hace lo mismo con su hijo: que no hagas colecho porque se mal acostumbra y tú pierdes intimidad. Que dejarlo en su propia cuna/pieza desde que nace es desalmado. Que no debes dejarlo llorar ni un segundo sin ir a consolarlo. Que no lo malcríes tomándolo en brazos cada vez que solloza. Que debes portear, no se te ocurra darle azúcar, debe tomar leche materna al menos hasta los dos años. Y tú, debes verte contenta y feliz, porque la maternidad es lo más hermoso que existe (Ok, lo es, pero es innegable que no es sencillo).

Y todo, absolutamente todo es una farsa. O al menos, nada de lo que dice un libro o de lo que otros te aconsejen debe ser una regla dorada. El verdadero desafío está en no caer en la angustia de sentir que fallaste por no satisfacer las expectativas de crianza de moda. Porque colapsaste cuando tu hijo lloró sin parar por horas. Porque hiciste aquello que dijiste que nunca harías si fueras padre. Porque no consigues lo que otras mujeres/parejas que tienen hijos sí pueden (ya sea adelgazar después del parto; el tener la casa limpia y ordenada; que tu hijo “desbloqueé X logro antes de lo esperado; estar descansada y con ánimo para salir; etc; etc).

Nadie mejor que quien es padre -mamá o papá, juntos o por separado- sabe que esta aventura es la más linda y la más difícil. Porque te desafía más allá de los límites imaginados, donde el “yo” se posterga, para dar muchas veces más, incluso cuando crees que ya no puedes más. Porque es un amor tan genuino y todos quienes tenemos un hijo compartimos esa experiencia, sin importar el modo en que criemos. Pero por siempre en “modo madre”* (*Ver columna de Carolina Pulido en Revista Mujer).

 

Mi experiencia: ¿Eres suficientemente madre? 

Cuando quedé embarazada, estaba en medio de un programa donde tenía un compromiso de permanencia de dos años. Decidí mantener mi dieta vegetariana durante el embarazo y criar a mi hijo de la misma forma. Usamos pañales de tela por un año y a los seis meses estaba arriba de la bicicleta…Uf! Imagínense. Fallé a mi compromiso; qué par de hippies; por qué le imponen sus creencias y privan a su hijo de la carne…Comentarios directos y otros solapados, tanto de familia, amigos, pediatras e incluso de desconocidos que te cruzas en la calle.

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La incendiaria portada sobre la lactancia materna:”Are you mom enough?”

Todavía recuerdo como lloré cuando -a los seis meses de nacido Clemente- me quedé sin leche. Había defendido tanto la lactancia materna, había leído tanto al respecto. Y ahí estaba, sin una gota para darle. Una amiga de mi pareja -también madre y pro lactancia libre demanda- le aconsejó que me diga que si se me “cortó” fue porque no me estaba alimentando bien, que la producción era proporcional a lo que uno le da y, en otras palabras, que era mi culpa por dejar de intentarlo y recurrir al truco fácil de la fórmula. Lo que olvidó cuando opinó sobre mi “decisión” de darle leche de fórmula, es que ella no estaba ahí cuando mis lágrimas rodaban sobre la cabeza de mi gordo Cleme; que lloraba, pero de hambre.

 

Ahí entendí que la maternidad también es desprenderse y no dejarse abatir por los comentarios de otros. Y es que ser mamá también ha significado -entre muchas cosas- aprender a perder el control y aceptar que las cosas no siempre suceden como uno las ha planeado. Por cierto, en gran parte este sentimiento de estar bajo la lupa del resto tiene que ver con mi perfeccionismo a niveles, quizá, poco saludables.

 

#EndMommysWar

Yo juzgué y en realidad no tenía idea de lo que estaba hablando. Y todavía no lo sé, porque cada hijo, cada relación es un mundo. Por eso, me emocioné cuando vi este vídeo -de la misma marca de leches del primero- bajo el lema de #EndMommysWar y que engloba mi visión ciento por ciento: más amor y menos juicio.

No es no aceptar ninguna crítica ni consejo. Pero cada cual tiene derecho a criar a su hijo cómo mejor considere y nadie tiene derecho a juzgar. Porque ninguno se las sabe todas, ni posee la verdad absoluta. Al final, la mejor receta de crianza es entregarles a los niños todo el amor que necesitan y educarlos en el respeto y la tolerancia. Eso que a muchos nos falta a veces, cuando “metemos la cuchara” sin que se nos consulte.

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La mejor teoría de crianza: respetar las decisiones de los padres.
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