Aventuras y desventuras en la cocina

Por Fran.-

Voy a sincerarme desde el principio. Nunca me agradó la idea de cocinar, de estar ahí con los olores, el calor, cortar carne fría y resbaladiza, que la cebolla te haga llorar, amasar eternamente, esperar la cocción perfecta. Definitivamente no es lo mío. Y esto, a pesar de que, cuando niña, mataba tardes enteras con mis amigas del barrio jugando a cocinar comida hecha de barro y mezclas de dudosa procedencia.

Sin embargo, a pesar de no gustarme cocinar, amo la comida casera, preparada con verduras y carnes frescas, recién compradas en la feria y la carnicería del barrio. Creo que este gusto se lo debo a que provengo de una familia de campo bien tradicional de un pueblito que se llama Los Andes, donde las cazuelas, el charquicán y los porotos eran un imprescindible, así como las ensaladas y la fruta de temporada, siendo un pecado mortal desear comida envasada.

Pero todo cambió cuando partí a la universidad. Madre, que cocinaba tan bien el estofado de cabrito y la cazuela ya no estaba, y por desgracia, para ese entonces yo no había aprendido lo suficiente como para siquiera intentarlo. Entonces, abundó el arroz, los fideos y el siempre salvador tarro de atún en lomitos. Por supuesto, era imposible pasar cuatro años en esas condiciones –aunque tengo amigos, amantes del gimnasio y los músculos, que sí lo hicieron-, por lo que fue en ese período cuando tuve mi primer encuentro del tercer tipo con la cocina: el primero, es sólo entrar y oler lo que otros preparan; el segundo, es probar osadamente desde la olla o la cuchara del despistado cocinero; el tercero, es el gran paso de meter las manos en la masa.

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Porotos granados de temporada estival, mis preferidos.

Fue así como llegué a preparar mis primeros platos de cazuelas, porotos con riendas, charquicán, lentejas, tortillas de verduras, entre otros. Pero no me malinterpreten; que haya aprendido a hacerlos no significa que cumplían con los estándares. Al menos sobreviví.

Como se pueden dar cuenta, la cocina pasó a ser un espacio de amor y odio. Un lugar de aventuras y desventuras al tratar de replicar recetas y seguir recomendaciones a las que nunca acertaba. La sal siempre fue el peor de los conflictos; mucha o poca, nunca un intermedio, todo esto en medio de la desesperación por volver a comer sanito y variado, cómo en la casa donde me crié.

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Zapallo asado con cuscus.

A pesar de todo ello, no me desanimé. Con los años seguí perseverando, especializándome en algunas preparaciones dignas de mencionar como las croquetas de jurel, el estofado de cochayuyo, legumbres varias con verduritas, papas y zapallo asado, carne a la plancha, zapallitos rellenos, quequitos de manzana, pizzas, tartaletas, entre otras. Pueden sonar muy simples, pero para una novata, insegura y perfeccionista como yo, valen oro. En cuanto a la cazuela y el estofado de cabrito, decidí que no profanaría la memoria de madre, y que sólo los comería cuando estuviera de visita en su casa.

Hoy la cocina ya no es tan lejana. Incluso le he tomado un cariño especial, al punto de invertir en buenas sartenes, ollas y decorar cada uno de los frasquitos donde guardo mis alimentos –entre las cosas que he aprendido, es que el vidrio es lejos el mejor material para guardar alimentos y también cocinarlos-. Sin embargo, debo reconocer que sigo prefiriendo no hacerlo, y ante eso no tengo mucho que decir, simplemente no me apasiona. En la medida que alguien pueda hacerlo por mí, yo le cedo mi espacio –siempre y cuando se trate de comida casera.

Por ejemplo, era maravilloso cuando vivía en Santiago con pololi, porque a él le encanta cocinar y siempre está inventando o descubriendo nuevos sabores. Y lo increíble es que le resulta, cosa que no pasa conmigo. Por eso, durante nuestra convivencia, él era el que cocinaba y yo, muy noblemente, lavaba los platos.

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Zapallos rellenos cubiertos con queso de cabra de Ovalle.

Ahora que vivo en otra ciudad lejos de pololi, he tenido que volver a hacerme el ánimo de cocinar todo yo sola. Por suerte en esta nueva ciudad donde vivo, Ovalle City, cuento con un gran mercado que tiene de todo, la famosa “Feria Modelo”, donde me abastezco de lo necesario para mantener una alimentación digna y balanceada. Sólo me falta encontrar una carnicería de confianza, algo que en Santiago nunca encontré.

Después de todo, aunque no me apasione, aprender a cocinar relativamente bien y variado, me ha dado bastante libertad. Puedo elegir qué comer siempre y me ahorro mucho dinero al no tener que comer en un restaurante. Otra cosa que he descubierto, y esto gracias a pololi, es que también puedo expresar cariño con mis comidas. Cocinar es lejos una de las mejores demostraciones de amor: inviertes tiempo, dinero y dedicación, lo que no se puede decir de cualquier otro regalo. Además, y quizás lo más importante, es que sabes perfectamente qué cosas lleva tu comida, así es más fácil saber que tan (o que poco) saludable es tu comida.

Por eso ahora trato de darle más tiempo al cocinar, viéndolo como una pausa más que una obligación. Finalmente, será algo que nos acompañe toda la vida, por lo tanto, mejor que sea algo que se disfrute.

Y, un poco de humor:

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