A los gatitos también hay que cuidarlos del sol

Por Fran.

Una historia que tenía pendiente de escribir, es sobre la muerte de mi gato Naranjo. Esta ocurrió hace dos años atrás, a causa de un cáncer a la piel del que no nos enteramos hasta que ya estaba muy avanzado.

El Naranjo era un gato de lomo y orejas de color naranjo, guatita blanquita y nariz rosada. También era el más choro de la pobla, una especie de niño con problemas conductuales. Cualquier cosa que no le gustara o lo hiciera sentir amenazado, te rasguñaba o mordía. Y si lo retabas por su mal comportamiento, en su lenguaje gatuno te regañaba, como echándote la choreá. Por eso en la familia le teníamos harto respeto y evitábamos molestarlo.

Era quitado de cariño, todo lo contrario a la Tami, mi otra gata que aún vive. Mi teoría es que todo se debe a la infancia vulnerada que tuvo. En principio vivió en la casa de mi hermana mayor, pero cuando aún era un cachorrito, ella y su familia se fueron de vacaciones, quedando el pobre Naranjo solo junto a la Miel, una perra de raza labradora y muy juguetona –Q.P.D también-.

Un día que fuimos con madre a ver el estado de la casa de mi hermana, notamos que la relación entre Miel y Naranjo no marchaba bien. El pobre gato había sido golpeado y chupeteado por su conviviente canina, quien prácticamente lo consideraba un juguete. Fue así que decidimos rescatarlo y adoptarlo en nuestro hogar.

Además de este trauma psicológico, cometimos el error de no castrarlo cuando pequeño. Entonces vivió en celo prácticamente toda su vida juvenil, lo que significó que se convirtiera en un gato muy alzado, como dicen en el campo. Peleaba con todos los otros felinos del barrio y varias veces lo creímos muerto, porque desaparecía semanas enteras, volviendo posteriormente flaco, sucio y machucado. De esa manera fue construyendo su arisca personalidad.

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El Naranjo guatita al sol.

Fuera de todas estas particularidades ya mencionadas, el Naranjo tenía otra cosa que nos llamaba la atención y a la que nunca le dimos la importancia que se debía; por el contrario, lo encontrábamos simpático y tierno. Y es que podía pasar horas y horas bajo el sol, como si estuviera en la playa bronceándose. Se echaba sobre el cemento, el pasto, el techo de la casa o del auto, así podía estar mañanas enteras durmiendo, con la guata a la vista y sus brazos y patas extendidas.

Pero un día, intentando hacerle cariño, me di cuenta que en su nariz tenía unas manchas color café, además de un moco líquido que desde hace un tiempo se le presentaba como habitual. Hasta ese momento creímos que se trataba de una alergia y que lo de su nariz era un lunar. Como ambas situaciones empeoraron –el moco se hizo más intenso y el supuesto lunar se volvió en sangrado-, lo llevamos al médico y fue allí donde sentí una gran tristeza y la impotencia de saber que ya era demasiado tarde. Su diagnóstico fue cáncer a la piel.

Durante un año lo sometimos a tratamientos que claramente no iban a dar resultado, y su insistencia por ponerse al sol, lo hacía todo aún más difícil. Me cuestionaba si valía la pena privarle de algo que tanto le gustaba como era poner su guatita al sol, o mejor dejarlo y que cuando llegara su momento más crítico, sacrificarlo, como algunos en la familia lo sugerían.

Si bien la choreza nunca se le quitó, poco a poco sentí que su personalidad comenzaba a apaciguarse. Nos buscaba para que le hiciéramos cariño, se quedaba durmiendo a los pies de la cama y nunca más nos mordió –salvo aquellas veces en que intentábamos darle algún remedio-. Era como si supiera que se iba a morir y deseara estar tranquilo.

Finalmente, yo, que era la dueña del Naranjo, me vi en la peor situación cuando una tiene una mascota: decidir el sacrificio o no de tu compañero peludo. Claramente no lo pude hacer y me arrepiento, porque sufrió innecesariamente. Al menos me consuela saber que estuvo acompañado cuando dio el último suspiro, momento en que me di cuenta que nunca antes había estado tan cerca de la muerte.

Mirado desde hoy, habría hecho las cosas distintas. Primero, habría sido más consciente de que, al igual como las personas necesitamos protegernos del sol, los animales también, especialmente aquellos de un pelaje más claro como lo era el Naranjo. Segundo, habría sido más valiente en tomar la decisión de sacrificar mi mascota cuando era el momento más oportuno, porque al final de cuentas dejarlo sufrir hasta el final, sólo demuestra egoísmo.

Al menos el Naranjo tuvo una buena vida, nunca le faltó la comida y el amor, a pesar de su arisca personalidad. Y ahora sé que cuando tenga otro gato, lo cuidaré más del sol y llegado el momento, le daré una muerte más digna.

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El Naranjo en una mañana cualquiera bajo el sol.

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